7 de abril de 2017

Marido5 y Marido6




Hoy me debato entre la inseguridad y la reafirmación, precisamente hoy que hace un año que me contagié (porque seamos honestos, yo me contagié, no me contagiaron) y con lo que me gusta una efeméride voy a pasarme el día escuchando en bucle “Pégate” de Ylenia como en bucle sonó mientras follamos. En bucle porque yo la acababa de descubrir y estaba obsesionado con la canción y como siempre pasa cuando me obsesiono con una canción, necesitaba escucharla sin parar hasta que llegase la siguiente obsesión (un patrón que hasta cierto punto podría extrapolarse a mis relaciones).

Y hoy vivo este debate a pesar de que el día que me diagnosticaron fue el inicio de mi mejor etapa en el amor, el sexo, la vida y hasta en el Candy Crush. Necesitaría más espacio del que seguramente me ofrezca gratuitamente Blogger para intentar explicarlo (seguramente sin éxito) pero hasta esta semana decía (y sentía y sabía) sin que me temblase la pestaña que no cambiaría todo lo que ha pasado todo este tiempo aunque a cambio me ofreciesen no tener VIH (a no ser claro está que la bruja de feria o el enano mágico que fuese a ofrecerme el trato me lo compensase con tomar el té una tarde con Lily Allen y Chelsea Handler, entonces que le den a la realización personal, más realizado me sentiría teniendo en mi mesilla de noche una foto con ellas). 

Ha sido precioso todo lo que el VIH me ha permitido vivir: ver en una fotografía mis luces, mis sombras y mis miedos y, joder, enamorarme completamente de mí.

Pero ahora  dudo y eso me llena de rabia. Rabia que antes de convertirse en rabia fue desconsuelo. Y esta semana he llorado por mi virus por primera vez desde aquella primera etapa en la que viví la aventura de aprender a lidiar con mi nuevo estado de seropositivo.

El día que me diagnosticaron lo primero que hice fue comprar una botella de cerveza y un paquete de tabaco (en ese momento llevaba tres meses sin fumar y nunca he vuelto a dejarlo) y me fui a casa de un amigo. Una de las primeras cosas que me dijo fue “Patrick, a partir de ahora tienes que tener cuidado y aprender a callarte, que tú no tienes filtros y lo cuentas siempre todo”. Razón no le faltaba así que asentí y empecé a concienciarme del voto de silencio que tendría que practicar pero a los cinco minutos ya me estaba imaginando cómo sería convivir con mi (MI) VIH en secreto, contándolo a cuentagotas solo cuando hubiese una confianza a prueba de balas, con solemnidad como se suelen contar los secretos; me imaginé las reacciones serias y de preocupación ante un secreto recién desvelado y esa misma noche decidí que no podía ni quería vivir mi VIH en secreto.

Y, qué queréis que os diga, no me gustan los secretos, se usan como escudo ante algo vergonzoso y lo único que he guardado en secreto es que cuando digo que me acostaría con un chico guapo a cambio de dinero, lo digo con conocimiento de causa.

Ese mismo día mi amigo me llevó a pasar la tarde al spa y al entrar en el vestuario vi colgada en una percha la chaqueta más bonita del mundo; tan popera y perfecta que no pude dejar de mirarla e imaginé que el dueño debía ser algo así como el presidente del club de fans de Corazón  o el Olly Alexander de God help the girl. Lo primero que pensé fue “el dueño de esta chaqueta es mi marido perfecto” (yo siempre prefigurando las habilidades románticas y personales de un chico en función de datos aleatorios de mi agrado). Lo segundo que pensé fue “cómo un chico tan maravilloso va a querer estar con un chico con VIH como yo”. Dos meses más tarde recordé ese momento y me pareció absurdo que pudiese llegar a pensar eso en algún momento.

Hoy no me lo parece tanto. Quizás sea culpa de mi incapacidad por ser plenamente consciente de cosas que me son ajenas y como en mi vida y en la de la gente que me rodea el VIH nunca ha sido algo condenable, ¿cómo iba a serlo para otras personas? Decían que existía esa clase de gente y cuando tomé la decisión de vivirlo abiertamente sabía que habría personas que en algún momento me harían sufrir. Pero no lo sentí. Y esa disociación entre pensamiento y sentimiento me ha traído aquí después de que mis dos últimos amantes (a los que siguiendo la tradición instaurada este año de contabilizar mis líos romántico-sexuales se les conoce popularmente como Marido5 y Marido6) hayan desaparecido en cuanto han sabido que tengo VIH. Dos chicos de forma consecutiva en un intervalo de tres semanas.

Y ahora es cuando me acuerdo de las veces que la gente me ha dicho que tuviese cuidado, que no estaba actuando con cautela y debía protegerme, pero cómo iba a callarme cuando marido6 me dijo que quería hacerse las pruebas para consumar sin condón (“pues no hace falta que te las hagas”) o cuando Marido5 me dijo que el VIH te endurece la piel, te provoca dolor de testículos y hace que se te llene la boca de llagas y que me imaginase viviendo eso (“pues no, ni tengo que imaginármelo ni me ha pasado eso, ni a mí ni a nadie”).

Y ahora soy incapaz de recordar con claridad que otros dos chicos antes que ellos han actuado con normalidad; el primero, un proyecto de novio, desviviéndose por mimarme preocupado como estaba al verme nervioso por contárselo por primera vez a un chico. El segundo con tanta naturalidad y honestidad que entre los dos hicieron que me pareciese imposible que ningún chico en lo que me queda de fantasía romántico-sexual pudiese reaccionar mejor.

Siento mucha rabia por Marido5 y Marido6 a pesar de que tendría que haber previsto que esto iba a suceder, que realmente los hay estúpidos y que temen a algo que no saben realmente qué es ni cómo funciona (aunque, ¿acaso no es esa la base del verdadero miedo?). La gente me dice que no eran los adecuados, que esto ha servido de filtro. Pero ha dolido. Y me da rabia que tengan el poder de empañar esta experiencia y aunque tengan todo el derecho del mundo a no querer acostarse conmigo,  yo también tengo todo el derecho del mundo a pensar que son unos gilipollas.

Hoy me planteo por primera vez si realmente hay algo malo en mí, si tengo algo que me hace inferior, peor partido; algo por lo que ver a los chicos como un ente superior al que tengo que agradecer estar compartiendo su tiempo y su cuerpo conmigo; como si yo fuese Rozalén y Lady Gaga aceptase hacer un dueto conmigo. Y me planteo si tendría que vivirlo en secreto, con vergüenza.

Y cuando el nivel de ira ante Marido5 y Marido6 desciende pienso que quizás he hablado demasiado rápido, que se me ha llenado la boca todo este tiempo diciendo que mi VIH era una parte más de mí y de lo que yo soy porque, entonces, ¿cómo puede ser que yo acepte que un chico se aleje de mí porque no le gusta mi físico o mi personalidad pero no por mi VIH?  Queridos lectores, he creído comprender que no se alejan de mi VIH porque (obviamente) no les resulte atractivo, se alejan de la idea que todos fomentamos o hemos fomentado en algún momento de que estoy en un escalón inferior porque he fracasado a la hora de protegerme de un monstruo que no conocen y porque si se acuestan conmigo morirán llenos de llagas. No importa que no tengan ni idea de cómo se transmite el virus o que hayan follado 80 veces sin condón. Yo me he contagiado y soy la imagen de todo lo que nos han dicho que no seamos nunca. Y por ahí no paso.

Así que hoy he debatido entre la inseguridad y la reafirmación de que tomé la decisión correcta el día que fumando compulsivamente le dije a mi amigo que el VIH no iba a condicionar mi vida, iba a complementarla. Decidí hablar abiertamente de mi VIH sin saber qué me iba a encontrar y ahora que he visto lo que realmente hay, que dios bendiga al Patrick de 2016 por entender y vivir con naturalidad el VIH (que es precisamente lo que necesita). Y yo lo que necesito es que no duela que alguien se aleje de mí y para eso elijo la reafirmación (aunque ahora mismo es más fácil para mí escuchar que me huele la pichiti a escuchar que el problema es el VIH, pero jugar al amor conlleva estos riesgos).

Basta ya de esto. Basta ya del estigma en torno al VIH que da voz a estos gilipollas, les da fuerza y les da a otros la capacidad de empatizar con ellos. Por eso,  mientras suena “Pégate” decido que hoy no va a ser el día que reniegue de mi relación más estable y duradera. Hoy digo sí(da) a la vida y sigo este viaje.

No hay comentarios: